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El Dictador: “La Señora”

Después de varios años de adoctrinar a las masas y de esforzarse en organizar su partido, advirtió el dictador que no había conseguido ni lo uno ni lo otro. “Una fuerza política no se organiza en cinco años –dijo en sus lecciones sobre conducción- porque la tarea de persuasión, de educación, de infiltración de la doctrina en el espíritu de los hombres no puede realizarse en tan poco tiempo. Menos aún si los hombres que llegan al peronismo han venido de distintos lugares, de distintas direcciones, con distintas orientaciones. Debemos hacer – agregaba- que se vayan olvidando de las antiguas creencias y doctrinas y vayan asimilando las nuevas. Eso es obra de generaciones”. Confiaba para eso en los niños y jóvenes, cuya educación tendenciosa analizamos en otro lugar de este volumen.

Entretanto comenzó a actuar sobre las mujeres. Tradicionalmente la mujer argentina se había desentendido de la política, a la que consideraba quehacer de hombres, como la milicia y el sacerdocio. Las ideas a este respecto habían cambiado en el mundo desde que las primeras “sufragistas” inglesas reclamaron su derecho a participar en las contiendas cívicas. Esas ideas habían penetrado en todos los países, y entre ellos en el nuestro, de modo que por necesaria influencia de las mismas no podía ser postergada la concesión del sufragio a las mujeres argentinas.

El dictador aprovecho la propicia coyuntura, “Si con el voto de los hombres hemos ganado enormemente, con el voto de las mujeres ganaremos mucho más aún”, expreso en vísperas de su segunda elección.

Tenía a su lado desde los comienzos de su vida pública, una extraña mujer, distinta a casi todas las criollas. Carecía de instrucción, pero no de intuición política; era vehemente, dominadora y espectacular. Su primera juventud había sido difícil, hasta que el azar la acercó al coronel ambicioso que se unió a ella. Comenzó así una colaboración sin parecido alguno en la historia, aunque sólo parcialmente pueda asemejársela a muy pocos casos, entre los cuales se menciona el de Juan Manuel de Rosas y su esposa doña Encarnación Ezcurra.

No es fácil saber con precisión lo que cada uno de aquellos creó en la común dictadura. Ella recibía ideas, pero ponía pasión y coraje. El dictador simulaba muchas cosas; ella, casi ninguna. Era una fierecilla indomable, agresiva, espontánea, tal vez poco femenina. La naturaleza la había dotado de agradables rasgos físicos, que acentuó cuando la propicia fortuna le permitió lucir joyas y vestidos esplendorosos. Desquitábase así de la propia miseria no olvidada, de sus recientes frustraciones de artista inadvertida y sin porvenir. Para lo que aquí tratamos eso interesa poco. Lo que debe señalarse, en cambio, es la atracción y a la vez la repulsión que esa mujer ejerció en la vida pública de nuestro país durante seis o siete años de la dictadura. Hubo un momento en que pareció triunfadora sobre todos sus enemigos; fue cuando la CGT lanzó su nombre como posible integrante de la fórmula presidencial. Pero eso duró pocos días. Se produjo entonces su “renunciamiento”, impuesto por factores no del todo conocidos. Su muerte temprana evitó al país más graves perturbaciones Eva Perón fue el más extraordinario elemento de propaganda que tuvo el dictador. Su fuego íntimo, su decisión en los momentos difíciles, su actividad inagotable, y también su decisión por toda forma convencional en lo social y en lo político, sirvióle para someter voluntades esquivas, mantener permanente contacto con las clases populares, organizar la rama femenina del “movimiento”, excitar las multitudes, crear y acrecentar rencores, y sobre todo exaltar su nombre y su obra en todo lugar y momento. Su misión no era la de persuadir sino la de promover la acción, de encender las pasiones, de disponer las venganzas. Acaso era sincera, porque sus escasas dotes de comediante no le hubieran permitido simular tan hábil sentimientos que no tuviera.

El dictador dejaba hacer a “la señora”. Sabía que sus arrebatos convencían a las gentes primarias más que sus propios discursos de adoctrinamiento; que llegaba al corazón de los humildes más que él. No le inmutaban sus palabras de admiración delirante a su persona porque le servían ante el pueblo. “Perón es un meteoro que se quema para alumbrar su siglo”, decía a los más simples: “no es un político, es un conductor, es un genio, es un maestro, es un guía, no ya de los argentinos, sino de todos los hombres de buena voluntad. Nuestro líder –agregaba- ha venido a realizar, en esta hora difícil de la historia de mundo, los sueños y esperanzas de todos los pueblos de todos los tiempos y de los genios de todos los siglos. Nosotros no queremos comparar a Perón con nadie. Perón tiene luz propia. Es demasiado grande, y a nuestro conductor ya no podrá molestarlo la sombra de ningún gorrión”. El dictador escuchaba todo esto con pasmosa tranquilidad. Carecía del sentido del ridículo, tan propio de los argentinos; carecía también de modestia, aunque repetidamente la simulaba.

Un buen día “la Señora” creyó oportuno explicar “la razón de su vida”. Llamó a un periodista español, Manuel Penella de Silva, le hablo sobre su “misión”, y el hábil escriba compuso con esos datos el libro que más amplia tirada alcanzó en nuestro país (1). Se impuso su lectura en escuelas y colegios y su texto fue obligatoriamente comentado por los alumnos. Los gremios, clubes y entidades de toda especie debían adquirirlo. No pasó mucho tiempo sin que se pretendiera considerarlo como la obra cumbre de nuestra literatura, con mérito suficiente para que su “autora” pudiera pretender el premio Nobel. La propaganda del régimen lo aprovecho al máximo, sobre todo el dictador. Para cuya glorificación fue escrito.

Eva Perón sirvió para crear el mito de Perón; luego se creó, con apoyo de Perón, el mito de Eva. Sobre los mitos en la conducción política no habló el dictador en las clases que hemos mencionado, como tampoco habló de sus oscuros métodos de dominación y represión. Eso queda para la historia y para la psiquiatría. El mito de Eva comenzó con su patético “renunciamiento” y se acentuó cuando el Parlamento sometido la proclamó “jefa espiritual de la Nación”, y muy poco después cuando resolvió erigirle un monumento.

Para entonces, sus días estaban contados. Colmada de halagos, con un ascendiente político como ninguna mujer tuvo en nuestra tierra y poquísimas en el extranjero, sintió en plena juventud que la muerte se le aproximaba. El homenaje debía distraerla de su trágico destino y servir a la vez para una colosal propaganda.

“En esos instantes de grandeza argentina –dijo la legisladora que fundó el proyecto-, en que está palpable la obra de Eva Perón, lo póstumo sería un agravio. Queremos levantarle un monumento en vida; queremos verla y que ella se vea perpetuada por nosotros, presente y eterna, contemporánea y ya posteridad”.

Cinco largas sesiones consecutivas fueron dedicadas a ese descomunal homenaje, en el cual no intervinieron los diputados de la oposición. No nos referiremos a los discursos que en esa ocasión de pronunciaron. El lector presume lo que entonces pudo decirse no solo sobre la persona a quien se glorificaba, sino acerca del dictador, puesto que todo homenaje debía comenzar y terminar con la exaltación de su nombre y de su obra.

Jamás vio nuestra ciudad ni verá en lo sucesivo un espectáculo semejante al del interminable velatorio y espectacular acompañamiento de los restos de Eva Perón hasta la sede de la CGT donde debían depositarse. El dictador aprovecho de ellos cuanto pudo. Rosas había hecho lo propio con los funerales de doña Encarnación, pero el primer tirano no conocía como el segundo la técnica de la propaganda política, desarrollada en nuestro siglo por los dictadores europeos. No nos corresponde narrar ese espectáculo, vivo aún en el recuerdo de cuantos lo han contemplado. La historia apreciará debidamente su significado con respecto a las dos figuras centrales de ese episodio y a las masas que las rodearon.

Después de la muerte de “la Señora”, la rama femenina del peronismo no halló quien la sustituyera, tampoco, se animó a imitarla. No era posible, y en todo caso hubiera necesitado la ayuda del dictador. Hubo sin embargo, una extranjera estrafalaria que por un instante quiso intentarlo. Fue Josefina Baker, aquella que treinta años antes despertara la turbia sensualidad de las grandes capitales, y que ya venida a menos, reapareció en Buenos Aires dispuesta a correr una aventura política. Perón la consideró “huésped oficial” y ordenó que se le facilitara cuanto pidiera en sus andanzas de agitadora social por algunos pueblos vecinos a Buenos Aires. A ellos fue la Baker acompañada de una estrepitosa “claque”. Se entrometió en los hospitales, asilos, manicomios, revisó los alimentos y vestimenta de los internados, gritó, protestó y amenazó en un idioma apenas inteligible. No se sabía qué hacer con ella, puesto que tenía el apoyo del amo. Como su actuación excediera lo tolerable, el ministro de Salud Pública, Carrillo, escribió una larga carta al dictador detallando las andanzas y escándalos de su desorbitada propagandista. “Debo hacerle saber que terminará por sublevarse los hospitales de tuberculosos, donde basta media palabra de disconformidad o apoyo exterior para que las cédulas comunistas de estos establecimientos entren en acción, lo que no ocurría entre los locos ni entre los leprosos” “Estas dificultades –seguía diciendo el ministro- comenzaron el maldito día en que tuve la peregrina idea de decir que en la Argentina no había problemas de negros, ya que los únicos eran algunos ordenanzas del Congreso, ella y el subscrito”.

Después de este esporádico caso de delirio proselitista no hubo otros en que el ejemplo de “la Señora” pudiera ser imitado. Las mujeres que quedaban y estaban dispuestas a trabajar por el “movimiento”, se redujeron a las actividades de las unidades básicas, y las más estentóreas a gritar en las concentraciones públicas.

NOTA
(1) De “La razón de mi vida” se imprimieron 1.388.852 ejemplares, según manifestación de la casa Jacobo Peuser, S.A. “El producto de la venta se transfería a la autora por liquidaciones periódicas, previa deducción del costo de impresión y papel empleado.

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